Muerte en San Fermín

 

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Para los amantes del cómic hoy tenemos la suerte de hablar con el granadino Jose Carlos Sánchez del Arco, autor del cómic “Muerte en San Fermín”. No podéis perdéroslo, atrapa, emociona y hace reír a la vez. Empecemos:

 

– El cómic que has hecho es una adaptación de la novela “Un extraño lugar para morir” de Alejandro Pedregosa ¿qué te llamó de esta historia? Y ¿cómo surgió el proyecto?

Para mejorar mis propios relatos, me inscribí en un Taller de Novela Negra. Este taller lo impartía Alejandro y allí me familiaricé con su producción literaria. Desde el principio me pareció una novela interesante para adaptar a cómic. A partir de ahí empezamos a trabajar en ello. Surgieron diseños, planificación de viñetas… todo ello acompañado de cafés y alguna que otra cerveza.

– ¿Has hecho algún cambio significativo con respecto a la historia original?

No, no lo vi necesario porque la trama me gustó desde el principio. Sin embargo, hay algunos cambios por cuestiones de espacio. El cómic tiene menos de la mitad de páginas que la novela original, y claro, aunque he procurado mantener la espina dorsal de la historia, me vi obligado a modificar situaciones y personajes para encajarlo todo.

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– Explícanos un poco el estilo de dibujo tan sintético que has usado… no sé, tan icónico, que por cierto funciona tan bien. Y ese blanco-negro-rojo.

Trabajé algunos años como diseñador gráfico, y de algún modo mi estilo es heredero de ello. Aunque lo emborrono todo a lápiz, el entintado y sombreado los hago con programas vectoriales, los mismos que uso para diseñar, por eso queda un resultado final tan… aséptico. Opino que esa simplicidad ayuda al lector a no distraerse demasiado en detalles y pueda seguir más cómodamente el ritmo que voy marcando. En cuanto al uso de los colores, pensé que integrar el rojo le daría más personalidad a la obra, además de ser los colores representativos de los sanfermines. Por otra parte, también son rojos el vino, el pintalabios, la sangre…

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– Alejandro en una entrevista que le leí decía que lo que había tratado de plasmar en la novela era el buen ambiente que había en San Fermines, y en el prólogo tan emotivo que te hace contaba que antes de ponerte a dibujar tenías que ir allí para comprobarlo, y que él haría de Cicerone ¿Qué encontraste allí? ¿Piensas lo mismo que él, que hay tan buen ambiente? ¿qué cambió después de tu visita allí?

Gracias a la generosidad de Alejandro pude conocer Pamplona en su profundidad. En algunos días intensivos (con sus noches correspondientes), me documenté en gastronomía, gente, costumbres, calles y edificios emblemáticos. Y lo más importante, de la mano del autor de la novela. Él me fue explicando por qué en la historia los personajes estaban donde estaban y hacían lo que hacían. Con este trabajo previo se evitaron muchos gazapos. Y personalmente, me asomé al alma de la ciudad y me quedé prendado de ella.

– ¿Cuál de los personajes te ha costado dibujar más? ¿A cuál le has tomado más cariño?

Llegar a la versión final de Silvia Nur fue el proceso más largo. Tenía que ser atractiva y enigmática, a la vez que expresar emociones casi sin inmutarse. Costó pero estoy satisfecho con el resultado. Y después de dibujarlo tantas veces, le tomé más apego al comisario Uriza, el protagonista. Con él tuve claros apariencia y expresiones desde el principio.

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– ¿Qué te da el lenguaje del cómic que no tenga el lenguaje literario o el cinematográfico?

Desde mi punto de vista, una ventaja respecto al literario es que al lector le llega la información visual más rápidamente. Por ejemplo, en lugar de leer una descripción de un lugar o un personaje tiene bastante con un vistazo. Esto aporta dinamismo y permite prestar más atención al mensaje. Lo malo… que se acaba antes de leer. El lenguaje cinematográfico tiene muchas más similitudes en cuanto a planos, ritmo, estética… Me considero bastante cinéfilo y en mi manera de trabajar ambos lenguajes se alimentan mutuamente. No podría decirte las ventajas de uno sobre otro. Para mí, ambos van de la mano.

– ¿Cuáles son tus dibujantes fuentes de inspiración?

Cuando dibujo, miro de reojo casi siempre a Hugo Pratt, Milo Manara, Quino, Alex Robinson, Frank Miller, Paco Roca, Jan… hay tantos y tan buenos que me cuesta escoger, pero que quede claro que no pretendo compararme. Para mí todos ellos son genios, cada uno en su estilo.

– En tu día a día trabajas en talleres con alumnos con discapacidad intelectual ¿verdad? ¿Te sirve de alguna manera para estos proyectos artísticos?

Sí, así es. Tengo la suerte de poder trabajar con ellos a diario, y la verdad es que en cierto modo admiro la valentía con la que encaran el papel en blanco y la capacidad de síntesis que tienen a la hora de resolver cuestiones plásticas. Intento “contaminarme” de su visión y creo que gracias a ellos y ellas mi estilo ha ido enriqueciéndose desde que empecé hace ya siete años.

– ¿Qué proyectos tienes en mente si se pueden contar?

Claro que sí, estoy escribiendo e ilustrando un volumen de microrrelatos, y dando forma a una historia para otra novela gráfica. También tengo algunos proyectos pausados que quiero reactivar, como una serie de serigrafías y la puesta en marcha de mi web: lapizytinta.com

– Bueno, dirígete a los lectores y diles qué van a encontrar en este emocionante cómic policíaco.

La novela tiene una buena historia de fondo, con muchos ingredientes que funcionan: intriga, humor, peligro y personajes con una psicología muy definida. Además la acción transcurre en sanfermines y esto proporciona unos matices únicos. Quien haya leído “Un extraño lugar para morir” disfrutará con una nueva forma de narración, y una nueva visión de los personajes en “Muerte en San Fermín”

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– Y por último te pedimos que nos recomiendes algunos cómics que consideres imprescindibles.

Soy un gran consumid…, más bien un adicto a los cómics. Te diré sólo algunos que para mí han sido importantes, para no hacerme pesado: Maus, Scalped, Chew, Fábulas, Sandman, Estafados, Watchmen, Sin City… y como no, cualquier aventura de Corto Maltés.

 

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(Entrevista realizada por Francisco Dorado)

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Entrevistamos a Luis Sáez por la reciente publicación de su libro “El Ocaso de Occidente” en la editorial Herder

 

Espigado, ingenioso, enseña Filosofía contemporánea en la U. de Granada. Sus clases son certeras y apasionadas, transmiten la idea de que la Filosofía es algo importante. Acaba de publicar “El Ocaso de Occidente” en la editorial Herder, desarrollo de su anterior libro “El ser errático”, pero de lectura independiente. “Movimientos filosóficos actuales”, una de sus más reconocidas obras hasta el momento, es ya un manual imprescindible en todas las asignaturas de Filosofía reciente. Un manual preciso, sintético y contundente, difícil de superar.

Si no lo conoce, recopile toda la filosofía que haya aprendido hasta el momento y láncese a por un libro suyo.
Hoy tenemos la suerte de hablar  con él.

 
Anticípanos un poco. ¿Qué vamos a encontrar en tu libro El Ocaso de Occidente? Y… ¿a quién se lo recomendarías?

Antes de nada desearía expresarle, así como a Librería Babel, el interés por este texto y la ocasión que se me ofrece para referirme a él, ya desde la distancia que supone haberlo terminado y en un lenguaje más cotidiano.
Quizás convenga recordar primero lo que el lector no va a encontrar en ese libro. No va a encontrar nada que le sea ajeno. Pues todos somos filósofos, un niño, un carpintero o un profesor de matemáticas, por ejemplo. Si el lenguaje que emplea parece complejo es sólo porque nos encontramos en una sociedad en la que priman las prisas y el ajetreo vertiginoso. Basta con demorarse un poco, con tener conciencia de que ningún libro filosófico puede ser leído a la carrera, para que aparezca como algo normal y no como una cuestión de iluminados o de grandes especialistas. Tampoco va a encontrar el lector algo así como la verdad. De ese mito se ha liberado ya el pensamiento filosófico. Se trata de una interpretación sobre cómo van las cosas, así de sencillo, una interpretación, por lo demás, tan frágil como cualquier otro punto de vista.
Dicho esto, creo que lo que el lector puede encontrar en el libro es, en primer lugar, lo que puede encontrar en cualquier texto de filosofía: un modo peculiar de afrontar problemas que nos conciernen a todos y una incitación a la reflexión. La filosofía comienza interrogando y, al hacerlo se da cuenta de que aquello por lo que se pregunta presupone otra pregunta y esta última una más (así sucesivamente), de modo que en el mismo instante en que interroga se percata de que ha abierto un campo problemático muy amplio y complejo. Quizá sea esa una de las peculiaridades más difíciles de aceptar de lo filosófico: nos obliga a detenernos, en el bullicio inflado y artificioso en el que nos encontramos presos, y a injertar un problema concreto en un vasto campo de cuestiones coimplicadas o subyacentes. En ese sentido, el libro invita a ampliar la mirada sobre lo que nos ocurre en el presente, a salir de lo inmediato y (aparentemente) más urgente —que fluye a gran velocidad en los medios de comunicación y en la conversación excesivamente apresurada. Invita, pues, a la demora que es necesaria para situarse en un espacio más abarcante y más enigmático. Simplemente con esto, creo, el lector estaría rebelándose contra el mundo que nos rodea, un mundo que se está convirtiendo, a marchas forzadas, en un tráfago desenfrenado que lo devora todo y lo convierte en mercancía consumible en el acto.
Logrado este posicionamiento, con el que el autor ya se sentiría muy satisfecho, el lector encontrará una interpretación de nuestra crisis y la posibilidad de opinar, aunque sea contra la tesis del texto, de modo filosófico, siendo él, como he dicho, un filósofo, ocupe el lugar que ocupe en nuestra sociedad. Y dicha interpretación podría ser resumida del modo siguiente. Nuestra crisis no es meramente económica y política. Es de carácter espiritual. Este término —espiritual— no tiene nada de esotérico o místico. Lo espiritual es el conjunto de valoraciones, tendencias, visiones de la realidad, etc., que invisiblemente están presentes en una comunidad, porque son propias de la cultura sobre la cual se edifica dicha comunidad. En una cultura se está hundido, a ella se pertenece, se quiera o no. Es el suelo sobre el que caminamos. Y precisamente es ese suelo el que menos parece importarnos hoy, porque lo más próximo (tal fondo cultural) se nos ha convertido en algo lejano, apareciendo únicamente en el mundo privado: en las opiniones entre amistades o en la intimidad de la soledad. Pues bien, lo central del libro consiste en un esfuerzo por reencontrar tal subsuelo, o mejor, por re-encontrarnos en lo esencial y más básico que nos constituye y que somos. La cultura, tal y como la estoy tomando, es el alma de una civilización. Un tipo de política, un modo de economía, un circuito de sucesos observables cualquiera, son expresión de un modo de estar en el mundo, de un modo de ser, y eso es el trasfondo cultural de una época, de una civilización. Sin embargo, ya no parece que habitemos en ese trasfondo, sino que estemos alojados dispersamente en diversos ámbitos que se han separado de él, como vapor, y que, autonomizados, parecen poseer el principio de su movimiento en ellos mismos, en el parco espacio atómico que ocupan: educación, salud, trabajo, ideología, etc. Esa ausencia de interés realmente intenso por indagar el subsuelo cultural, en este caso de Occidente, es efecto de un tipo de poder o dominio más peligroso que el expresamente visible en la multitud de órganos de decisión de nuestra sociedad; es un poder invisible: el que hemos creado todos sin darnos cuenta a lo largo de decenios; un poder anónimo: el que nos hace olvidar, inercialmente, nuestro arraigo en ese movimiento viviente de la cultura que hace ser a una comunidad de un modo y no de otro. En este sentido, me consideraría ya muy satisfecho si esas páginas del texto logran poner en cuestión el desarraigo que padecemos respecto a la cultura así entendida.
A primera vista, el lector hallará en el libro una mirada de pesadumbre y de escepticismo pues se sostiene en él que nuestra cultura occidental está enferma y que sufre un gigantesco malestar clandestino. En definitiva, Occidente, que ha creado tantas cosas maravillosas, está en su ocaso. Y al final, espero que el que se aproxime al escrito, no tache esta tesis de catastrofista. Se trata de ser realistas, de mirar de frente a ese fondo cultural en ocaso, el cual, como he intentado mostrar en el último capítulo, no constituye un destino inexorable. Más allá de la primera impresión, el libro intenta poner de manifiesto que en el ocaso irradian también luces de aurora. Con esto creo que contesto también a la segunda pregunta. No recomendaría sino que, más humildemente, invitaría a leer el libro a cualquiera, por ser filósofo aunque no lo sepa todavía, con la esperanza de que aprecie en él procesos que caminan con patas de paloma, silenciosamente, y que nos tienen maniatados. Lo recomendaría, eso sí, a la mayoría de los políticos y gestores que nos gobiernan, pues la actualidad pone en claro que no comprenden aquellas tendencias y fuerzas de fondo que los gobierna también a ellos y les hace creerse soberanos, cuando son simplemente vasallos inconscientes.

¿En qué consiste ese Ocaso?

Aquí ya entramos en materia, como se suele decir. Habría que señalar, en primer lugar, que un ocaso no es una decadencia. Decir decadencia es presuponer —como creo que hace Spengler en La decadencia de Occidente— que una civilización (con la cultura que la alimenta) nace, crece y luego sucumbe envejeciendo, que tiene un origen bien definido y un trayecto semejante al de un ser biológico. Una civilización posee mil hilos que la conforman, trenzados entre sí, sin un centro fijo. Sin un origen único y determinable, se mueve, se expande: deviene. Estando en devenir, puede brillar durante determinado tiempo o en determinadas estancias de su discurrir. Y puede eclipsarse. Que Occidente esté en su ocaso significa, pues, que su potencia se eclipsa, no porque envejezca, sino porque algo está pasando en su discurrir.
Puesto que el devenir o el discurrir de Occidente es el de su corazón cultural, se impone un análisis de lo que significa cultura y de cuál es la textura de ésta, antes de pronunciarse acerca de su ocaso. Por eso, el libro ha necesitado una primera parte, dedicada a esta cuestión. Permítame, entonces, que resuma primero este asunto tal y como lo he interpretado. La cultura, es decir, el suelo nutricio más básico de la civilización, posee la forma de un caosmos. Tomo prestado este término, sobre todo, de G. Deleuze y lo adapto al análisis. Quizás una imagen valga aquí más que mil palabras. Imagine el lector que está lanzando una mirada a su fondo personal. O, más cabalmente, ponga en marcha esa mirada. Encontrará fuerzas, es decir, tendencias que se disponen como flujos: deseos, aspiraciones, temores, proyectos vitales, modos pasionales de actuar o reaccionar, etc. Tales fuerzas son dinámicas, están en devenir. Y, esto es lo más importante, están relacionándose entre sí, cruzándose, enmarañándose recíprocamente en un haz que se mueve como una ameba. Todo ese haz de fuerzas en movimiento pertenecen al ámbito de lo invisible: nadie, por ejemplo, ha olido, visto o tocado un deseo. Su visibilidad reside en el modo como tales fuerzas se materializan o corporeizan: en gestos, en acciones, etc. que todo el mundo ve o palpa tangiblemente. A la vista de todos, el lector es ese conjunto de acciones o posicionamientos. Pero en la otra cara, las fuerzas a las que me he referido caminan abigarradamente sin dejarse contemplar directamente: se experimentan. «Abigarradamente»: ¿significa esto que se disponen arbitrariamente? No. Van creando un orden, aunque esté cambiando constantemente. Es proteico. Y ese orden no está regido por una regla general. La regla va surgiendo en el desplazamiento mismo del conjunto. Eso es un caosmos, un orden que no es ni caos ni Kosmos (orden preestablecido) o cuadratura matemática. Pues bien, la cultura es un caosmos de propensiones supra-individuales, pues está formada por los individuos pero es un conjunto mayor que la suma de todos ellos: no existe ahí una instancia central, ningún general que emita órdenes de comando. La cultura somos todos, pero ella adopta un movimiento que trasciende la voluntad de cada uno de nosotros y nos introduce en una inercia. Añadamos ahora otra mirada. El caosmos cultural es pre-individual. En esto he seguido a G. Simondon, adaptándolo también al análisis. En usted, querido lector, están fluyendo deseos, pasiones, temores, etc., como he sugerido, de forma caosmótica. Entonces usted es uno en su individualidad visible, pero muchos en ese mundo pre-individual que está en usted, o mejor, que es su otra faz, la invisible. De forma análoga, el caosmos cultural posee dos caras, una en superficie: unidades como instituciones, grupos ideológicos…; otra en profundidad: el enmarañado conjunto de tendencias, modos de interpretar, et.. Lanzar una mirada a la cultura, al corazón de la civilización, es intentar aprehender, captar, esa cara invisible. ¿Somos propensos a hacer esto en la actualidad? A mi parecer, no. Propendemos a mirar una cara, la más superficial, allí donde el caosmos invisible se hace visible: esta institución, este partido político… ¡Y siempre como unidades que actúan así o de otra manera! Ya hemos dejado, con ello, huérfana a la cultura en su profundidad, pues discurre sin el apoyo de nuestra mirada, que podría prodigarle muchos cuidados y rectificaciones. Empezamos la casa por el tejado, como se dice. Respecto a los cimientos, pareciera que algún dios maligno nos hubiese prohibido su contemplación. Es más, tal y como se hallan conformados los poderes concretos del presente, si alguien osa dirigir allí su mirada, es inmediatamente, de una forma o de otra, tachado de abstracto, persona que se complica la vida, iluso, y en el ámbito académico, de metafísico. En fin, un extravagante con el que, a lo sumo, hay que tener compasión o condescendencia. Realicemos un tercer añadido. ¿Hacia dónde se dirige ese anónimo caosmos invisible de la cultura? Querido lector, para continuar con el símil, ¿hacia dónde se dirige su caosmos invisible? Está claro que sus proyectos concretos y sus deseos conscientes tienen una dirección precisa. Pero no hablamos de eso. Ahí nos situamos en la cara visible. ¿No tiende ese enmarañado conjunto de fuerzas en su interior —que es su otra cara— a crecer, a intensificarse, a promover una vida más exuberante, rica, potente? Eso ocurre en la cultura. La cultura (aquí se hace patente el influjo de Nietzsche) no se dirige a ningún fin concreto en su fondo caosmótico, sino que propende a hacerse más digna y potente en la vida, por caminos imprevisibles. La vida tiende a su autosuperación, no a la mera supervivencia como mantenimiento de sí en un modelo estable. Hay un ser salvaje en ella, es decir, un impulso no susceptible de ser sometido a regla y tendente a desbordarse a sí mismo de modo cualitativo. En ella vibra una tracción que la lleva a autotrascenderse, a ser más amplia, más lúcida, más potente, entendiendo por «potente», no «dominante» sino más bien «intensa». La vida de la cultura aspira a más vida, a una vida cada vez más intensa. El que Occidente haya rebajado su devenir a la mera supervivencia (mantener la vida simplemente, y mantenerla de un modo cada vez más seguro, promocionando el tener cosas y más cosas para sostenerse, es ya un signo de que anda mal. ¿Por qué, si no, nos encontramos, a pesar de tanto desarrollo técnico-material, como incómodos y encerrados, enjaulados, de una forma oscura que difícilmente sabríamos aclarar? La vida nos pide rebasar un límite tras otro, cambiarnos, transformarnos en otros, pero ello está prohibido por el modo de ser civilizacional en el que estamos inmersos. De ahí, en parte, el malestar en la cultura.
Si el lector me concede un poco de paciencia, intentaré señalar un último rasgo de la cultura, que es crucial. Una civilización posee estratos. El más profundo es este, el cultural. Pero existe también el socio-político. El socio-político sería como la encarnación concreta, visible, de la cultura, que es invisible. Tendencias culturales cobran forman en estructuras sociales y políticas. Entre mundo cultural y mundo socio-político no existe un dualismo. Son haz y envés. Haz y envés, pero heterogéneos, diferentes. Por lo demás, son irreductibles la una a la otra y ambas poseen esta dimensión no reglable que las propulsa a transformarse continuamente para satisfacer su inquieto anhelo a más vida (rhythmus, como he dado en llamar en el caso de la primera, y hatitus en la segunda, tomando la expresión de P. Bourdieu). Unidas en su diferencia, la cultura y su otra cara, el mundo sociopolítico, conforman un dinamismo que se autoorganiza. La problematicidad que encuentran en su movimiento despierta en ellas un motor resolutivo que introyecta en el conjunto modificaciones, alteraciones, demandadas por la aspiración a más vida. El mundo cultural-socio-político de la civilización tiende, de este modo, a auto-generarse. Es autocreador.
Insisto en que no quisiera abusar de la paciencia del lector. Por eso, abandono muchos detalles y paso ya a la otra cuestión, que se despliega en la segunda parte del libro. ¿Por qué está Occidente en un ocaso? Lo que acabo de intentar esclarecer permite ya dos respuestas. En primer lugar, porque Occidente se contradice a sí mismo, al poner toda su energía en la mera supervivencia cuantitativa, siendo así que su fondo le demanda intensificación cualitativa en su modo de vida. En segundo lugar, porque ha centrado obsesivamente su interés en el estrato socio-político. Siendo absolutamente necesario este interés, parece que se toma como suficiente. Analizamos procesos políticos, como el de la representación, el de la estructura democrática o el de la corrupción institucional. Analizamos procesos sociales, como los del consumismo, el culto al cuerpo o las formas posibles de organizarse colectivamente. Y todo ello es, como digo, necesario. Ahora bien, olvidamos que de ese modo estamos colocando todas las causas de nuestros problemas en un único estrato, el visible. Mientras tanto, están ocurriendo procesos en la cara invisible, en la cultural. Por ejemplo: que Occidente está impulsado por un oscuro deseo de dominar sobre la tierra entera, que ha perdido ideales de excelencia heroica (tan habituales en la Grecia clásica), que cree en lo absolutamente nuevo y desprecia lo antiguo, que está conducida por un tipo de racionalidad puramente estratégica o instrumental, que no se interroga por el tipo de unidad que la haría más noble o que convierte a todo lo que toca en existencias, es decir, en cosas que, como productos, deben estar siempre a la disposición arbitraria del ser humano, por acabar aquí un elenco de fenómenos muy extenso. ¿Qué ocurre entonces? A mi modo de ver, que la crisis espiritual de la cultura, al no ser abordada con valentía, le lleva tanta ventaja a la crisis socio-política que por más que cambiemos esta última, no habremos transformado nada esencial. Nos invadirá la frustación. Y nos la merecemos.
El ocaso, más allá de estas dos apreciaciones, consiste en el desfallecimiento del poder autocreativo de la cultura civilizacional (y de su cara socio-política) en nuestra época. Su textura caosmótica, como he intentado explicitar, la empuja a auto-crearse y a transformarse cualitativamente, siempre hacia la exuberancia de vida. Ahora bien —y esta es quizás la tesis central, articuladora, del libro—, puesto que está cegada por un crecimiento sólo en cantidad y no en cualidad, por un prosperar en la mera supervivencia material, se opone, ella misma, a la auto-generación o auto-creación en profundidad. Tal contradicción en su propio ser genera en ella patologías civilizatorias. Se adivina ya que dichas patologías no deben ser entendidas como desviaciones respecto a una supuesta normalidad, sino como una vuelta autodestructiva. Expandiéndose únicamente en cantidad (y a un ritmo espeluznante) Occidente tiene que desarrollar mecanismos al servicio del crecimiento cuantitativo. Y tales mecanismos no son ya ese tipo de relaciones diferenciales de fuerza en un conjunto caosmótico auto-inventivo, sino reglas que han de regir como leyes capaces de anticipar, calcular y lograr metas con una eficacia bien controlada. Pues bien, tales reglas penetran en el subsuelo cultural y sustituyen al dinamismo irreglable de la autocreación. Se puede decir, pues, de un modo general, que se produce una generación de sí que devora su propia generación. A este fenómeno aporético, paradójico, de las enfermedades colectivas, lo he llamado génesis autófaga: una génesis que devora la génesis, un devenir que devora las fuerzas del devenir creativo.

¿Qué tiene que ver este estudio con tu anterior libro, Ser errático? Una ontología crítica de la sociedad? ¿Qué es, en pocas palabras el ser errático?

Ser errático intentó fundamentar una comprensión del ser humano, en cuanto tal, que subyace a El ocaso de Occidente. En aquel libro era necesario comenzar preguntando: «¿Qué es el ser humano?» Sin responder a esa pregunta no se puede continuar estudiando el mundo cultural o socio-político de Occidente. Así que los dos textos se complementan. El primero posee un carácter más ontológico, entendiendo por ontología el estudio de los supuestos del ser de algo (en este caso, el ser humano), aunque ya avanzaba estudios aplicados. El segundo presupone al anterior y expande la investigación a la forma en que el ser humano (que es errático) vive en la civilización occidental, mediando la ontología ya de forma más elaborada con otras disciplinas, como la sociología, la psicopatología, la antropología o la politología. Ambos textos se pueden leer independientemente, pues me he visto obligado a recordar en el segundo lo más central del primero. Pero me parece que el lector de El ocaso, si ha quedado interesado por las cuestiones que se plantean en él, puede encontrar en Ser errático problemáticas que están supuestas en dichas cuestiones e intentos de justificación en el marco amplio de la filosofía contemporánea.
El término «errático» ha adquirido en nuestra lengua un predominio de su acepción peyorativa: significa algo así como andar a la deriva, sin rumbo, descarriado. Y este significado está contemplado en aquel libro de 2009, pero sólo como destrucción del ser errático genuino. En la Grecia clásica se llamaba «erráticos» a los cuerpos estelares que no seguían una trayectoria fija. Desde esa fuente, podemos decir que el hombre es errático en la medida en que está abandonado a su propia libertad auto-creadora. No posee un lugar preestablecido en el ser y no se conduce según leyes determinantes, sino que crea su propia trayectoria y sus propias reglas. He intentado justificar y matizar esta errancia del ser humano esforzándome en mostrar que él es una tensión entre dos instancias, heterogéneas entre sí pero formando una unidad, una unidad discorde: una céntrica y otra excéntrica. Un ejemplo quizás permita comprender con facilidad lo que quiero decir. El ser humano es siempre en un mundo. Digamos que es en Granada. Pues bien, si no realiza un acto de inmersión en la ciudad, situándose céntricamente en su modo de ser, no la comprenderá, tendrá sólo una imagen externa de ella. Pero, al mismo tiempo, si se sumerge en Granada hasta tal punto que ya no se extraña de nada, tampoco la comprenderá, sino que la habitará ciegamente. Este segundo acto de extrañamiento es ex-céntrico, pues implica un salir del habitar céntrico y experimentar la ciudad como si fuese la primera vez, perplejo y admirado. En general, el ser humano habita siempre en mundos concretos (una cultura o una situación cualquiera), está hundido en ellos, pero, al mismo tiempo, si está en ellos lúcidamente, se distancia pasional e interrogativamente, con lo cual ya ha germinado en él una auto-extracción, una auto-extradición. Ser errático significa estar, simultáneamente, dentro de un mundo y extrayéndose hacia lo que lo que lo desborda. Quiere decir esto que el ser humano no tiene un lugar determinado en el mundo, sino que es un puente, un tránsito, entre un mundo al que pertenece y del que está saliendo y otro al que se dirige y que no es todavía. Es una brecha, el caminar mismo entre posadas (como D. Quijote).
En El ocaso de occidente esta conformación paradójica está subterráneamente presente: la comunicad es la dimensión céntrica de la cultura, el pueblo su dimensión excéntrica. Un pueblo es llamado a constituir una comunidad y, aunque lo haga, siempre está impulsado a trascenderla hacia otros confines. La cultura, en su cara profunda es excéntrica: tiende a desbordarse continuamente en exuberancia. Su forma precisa en que se organiza social y políticamente es céntrica, pues ésta ha de contener la locura productiva de la cultura (que es ex-pedición infinita) en unos márgenes prudenciales. Entre la centricidad y la excentricidad del ser humano existe una lucha trágica que no cesará jamás y que es la potencia que lo dinamiza y lo impulsa siempre más allá de sí. Si la potencia ex-céntrica muere, adviene, en el caso de la civilización, el ocaso.
Dinos dónde  podemos ver ese ocaso, algunos ejemplos que podamos reconocer.

Uno. Nuestro ideal de «progreso» es, como he dicho, meramente cuantitativo, estratégico, tecnológico o instrumental y, puesto que está espoleado por la ambición de dominar a la tierra entera, exige en la sociedad una organización funcional férrea y un ritmo muy veloz. Tanto, que hagamos lo que hagamos, siempre nos experimentaremos en deuda respecto a ese futuro al que tan frenéticamente nos arrojamos. Siempre nos sentiremos carenciales y, por tanto, impelidos a suplir la carencia en el curso de un estrés cada vez más insoportable. Pero la cultura en profundidad nos pide, no vivir carencialmente y en deuda, sino desde nosotros, auto-gestionándonos y moviéndonos por exuberancia de creación. Génesis autófaga en la civilización. Excentricidad falsa, aparente, que fortalece una centricidad marmórea. Dos. Cada ser humano posee, en el seno de la cultura pujante, un anhelo de excelencia. Como Aquiles en la Ilíada, lucha, no por su subjetividad empírica, sino por el tipo de ser que admira y del que él se considera sólo un intento de ejemplo. Pero los tipos de excelencia son sustituidos, hoy, por modelos a imitar. Génesis autófaga. Excentricidad baja, miserable, no dirigida a dar la vida por aquello excelente que está por encima de mí, sino a prosperar en el mundo de la copia competitiva. Tres. La democracia encuentra una «crisis» y so pretexto de sacarnos de ella afirma que hay que adoptar «medidas de excepción». Pero como el modo actual de la economía implica, como ha mostrado Toni Negri, microcrisis continuas, la excepción se convierte en regla. Y un estado permanente de excepción es un totalitarismo. Democracia, pues, totalitaria, génesis democrática autófaga. Ex-centricidad como huída hacia adelante, desatendiendo los verdaderos problemas. Cuatro. El «saber» se tiende a identificar en nuestra cultura con el acumular información. Pero ninguna cantidad de información garantiza un grano de sabiduría. Pretendiendo ser sabios devoramos la sabiduría. Génesis autófaga. Excentricidad que nos dispersa en la inmensidad de lo in-formable, de lo puramente acumulable en bites de informaciones. Cinco. Ha penetrado en la cultura occidental el pathos de lo novedoso. Pero todo lo nuevo se hace viejo con tan sólo aparecer. Estamos dirigidos, más que a crear algo nuevo, a desechar lo nuevo en pos de algo más nuevo. Política de los desechos. Génesis autófaga de la novedad creativa. Excentricidad hacia lo inexplorado que nos deja céntricamente en el mismo lugar, una y otra vez: en la creación de desechos. Y sobre todo, desechos humanos. El lector puede continuar por sí mismo si he logrado mostrar cuál es la lógica perversa que rige todas las manifestaciones del ocaso de Occidente.

¿Qué podemos hacer contra ese ocaso?

Esta pregunta me ofrece la ocasión de mostrar cuál es el poder más crítico de la filosofía. La filosofía no proporciona recetas. No comienza con un diagnóstico y después culmina con una solución. El diagnóstico, él mismo, es la solución. Un ser humano se encuentra enjaulado, pero teme salir de su jaula: ella lo seduce con cantos de sirena. Olvida que está enjaulado. Imaginemos que adquiere lucidez y repara en que, efectivamente, está enjaulado. Ya está la solución. Lo veremos forcejear contra los barrotes como una fiera. Por eso he sostenido en el libro que el inductor de la crisis es la necedad. La necedad no consiste en la falta de inteligencia, sino en el colapso de la lucidez necesaria para re-conocer la situación de base en la que nos encontramos. La solución es así de sencilla: el ocaso desaparece reconociéndose ocaso. Pero, al mismo tiempo muy difícil. Difícil porque exige la valentía y el coraje necesarios para dirigir la mirada al trasfondo cultural de nuestra civilización occidental, para resistir a los cantos de sirena y amarrarnos con una fuerte correa al mástil del barco que somos, bogando en la más ancha de las rutas, como Ulises; exige el coraje y la valentía necesarios como para admitir que somos una flecha hacia un infinito sin nombre y, por eso, que nuestra dignidad y nuestro ser entero se juega en la capacidad para metamorfosearse, pues la auto-creación implica morir y renacer sobre nuestras cenizas una vez y otra. Por eso es tan difícil, porque, en el fondo, deseamos permanecer en paz, cómodamente insertos en una centricidad sin excentricidad: no queremos lo que realmente queremos; somos, hoy, en nuestro ocaso, seres autófagos.
Por lo demás, en el libro he procurado justificar que hay, al menos, tres caminos en germen hoy por los que podríamos transitar: la imagen del mundo barroca o neobarroca (más arraigada en el ámbito latino-íbero-americano), porque es reacia a toda reglamentación del subsuelo caosmótico de la vida; el pensamiento trágico, porque nos ayuda a comprendernos como tensiones entre fuerzas, tensiones creativas y generadoras de tristeza serena y elevada (melancolía en un preciso sentido, muy hispano); finalmente, una ética orientada al florecimiento de la lucidez, porque el filósofo no es nada más que el hombre que despierta.

¿Qué otros libros y autores te han inspirado en este análisis?

Como he mencionado, G. Deleuze y G. Simondon han sido fuentes de inspiración fundamentales. Pero en general me ha inspirado toda la filosofía del siglo XX. Quien se introduzca en ella, al menos en la continental, se quedará perplejo. Pues todas las corrientes filosóficas del mundo contemporáneo, aunque estén enfrentadas en sus postulados, coinciden en realizar un diagnóstico nefasto sobre el rumbo de Occidente. Todas ratifican la sentencia nietzscheana: el desierto crece.

Dinos cinco libros imprescindibles según tu opinión, libros que recomendarías

Clásicos contemporáneos sobre cuyos hombros caminamos (o deberíamos caminar). La recomendación sería toda la obra de algunos autores, pero mencionaré las más directas y accesibles al lector no especializado. De M. Heidegger, Conferencias y artículos; de M. Horkheimer y Th. W. Adorno, La dialéctica de la ilustración; de M. Foucault, Microfísica del poder; de G. Deleuze, Mil mesetas; de G. Simondon, La individuación. Uno más: de J. Derrida, Políticas de la amistad.

¿Qué relación hay entre la poca presencia de la Filosofía en los últimos planes educativos y ese ocaso?

Hoy se quiere formar para ser eficaz y, cada vez con mayor intensidad en el mercado de trabajo, como si el saber fuese una mercancía. Es prácticamente imposible hacer de la filosofía una mercancía o una herramienta eficaz. Entra, entonces, en la política de los desechos: es desechable. Pero la relación más importante, creo, es la siguiente. Como he dicho, el ocaso necesita su diagnóstico y el diagnóstico ya es la solución. Pues bien, eso lo hace la mirada filosófica, que todos portamos. Occidente no quiere lo que quiere en el fondo: despertar. Prefiere mantenerse en su ensueño de prócer del mundo y en su repudiable obsesión con la comodidad y la seguridad. Es lógico que tema a la filosofía, que vea en ella al enemigo más implacable, al enemigo que obliga a Occidente a confrontarse consigo mismo, a mirarse a sí mismo, a adquirir lucidez sobre la jaula que ha creado, pacientemente, para él. La posición filosófica nos convierte en felinos. Las fuerzas que actúan como celadores de nuestro enjaulamiento estarán siempre contra la filosofía. Por miedo, por arrogancia, por estupidez.

¿Cuántas veces has tenido que contestar la pregunta “¿para qué filosofía?” ¿Y bien…?

Con esa pregunta, ante la que he tenido que mantenerme en pie muchas veces, hay que tener, pienso, bastante cuidado. En muchas ocasiones es lanzada desde la candidez, por ejemplo, de un joven que comienza su trato con la filosofía o de un niño que ha escuchado la palabra e inquiere ingenuamente. En esos casos no hay razón para sentirse ofendido. Puede uno escuchar debajo otra pregunta más adecuada, que no ha subido a la superficie con la suficiente claridad: «¿qué es la filosofía?». En tales situaciones nos encontramos ante una cuestión importante y basta con responder que tal pregunta es ya filosófica y que viene rodando desde hace siglos en el curso mismo de la filosofía, añadiendo que lo correcto no es formular un «para qué sirve». Pues la filosofía no posee ninguna utilidad, en el sentido pragmático del término. Es más, qué signifique «útil» es ya una cuestión filosófica. Se puede tomar la pregunta inicial, a la vista de esto último, como una ocasión para mostrar que el que interroga así está siendo filósofo y que el problema no es de uno, sino suyo y de todos, en la medida en que, como he dicho, todos somos filósofos. En cualquier caso, aunque se sospeche que la pregunta ha sido realizada con oscura intención, hay que reconocer que, por lo menos ha sido expresada. Basta, de nuevo, con devolverla: «usted está interrogando de tal forma que presupone un significado de la expresión “servir para”. Cuestiónese esto último, dígase a sí mismo “¿y qué es “ser útil”. Entonces ya tiene la respuesta, pues ha encontrado un problema que el mundo que lo rodea ha resuelto excesivamente rápido y tendrá que pensar acerca de ello. Para eso sirve la filosofía. Para interrogar y mantenerse despierto». Los casos más frecuentes, por desgracia, son aquellos en los que la pregunta no se realiza de forma franca y expresa, sino en silencio y con oscura intención. La pregunta la realiza un gesto, un comportamiento, una acción. En estos casos, lo más habitual es encontrar en el otro un reproche o un desprecio que no tiene la valentía de manifestarse. Su origen, a mi juicio, está en el resentimiento, unido a una relación ambigua de amor-odio hacia lo filosófico. Por un lado se lo admira —a lo filosófico— en lo más profundo. Por otro lado, se lo toma como algo ajeno, propio de especialistas arrogantes. Quien actúa de ese modo siente algún tipo de impotencia y reacciona despreciando porque, como diría Nietzsche, necesita vengarse de aquél que lo está confrontando con su vacío. Pero, aun así, se trata de personas en particular. Y la ocasión puede ser aprovechada también a favor de la filosofía, no manifestando ningún enfado resentido. Pues la filosofía y el resentimiento son completamente incompatibles. Lo más doloroso es, pues, la encarnación de esa pregunta en ese tipo de silencio colectivo que va unido a prácticas que, de hecho, intentan poner fuera de juego a la actitud filosófica. Ese desprecio silencioso es lo más hiriente, pues constituye la voz clara y nítida del ocaso. Una vez más, el filósofo, que no es más que el ser humano despierto, ha de prohibirse contundentemente, ante la contemplación de tal ignominia, cualquier forma de actitud resentida, que es el síntoma de un alma baja y huera. El filósofo ha de saber soportar su soledad y, explotando las potencias de la soledad, comenzar a trabajar, es decir, a mostrar y dar testimonio de lo que todos somos y de lo que está por encima de nosotros: de la filosofía. ¿Y cómo? Interrogando.

 

“El Ocaso de Occidente” de Luis Sáez

 

Entrevista realizada por Francisco Dorado Cuenca

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Sorteo Premio Pulitzer

 

La editorial Seix Barral nos ha ofrecido un ejemplar del último Premio Pulitzer para sortearlo entre nuestros clientes, la novela “El huérfano” de Adam Johnson.

Para participar envía un email a la dirección: info@babellibros.com con el asunto “Premio Pulitzer” y tu número de tarjeta de cliente.

Distopía, crítica a los autoritarismos… un soldado consigue ascender a los puestos más altos del régimen norcoreano a través de las más bajas fechorías, aunque el amor y algunos recuerdos de la infancia hacen tambalear sus cimientos. Uno de esos fenómenos literarios internacionales que suelen gustar a todo el mundo.

!Prueben suerte¡

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¡El Cervantes puede ser tuyo! (hasta el 14 de junio)

!SORTEO DEL LIBRO DE LA PREMIO CERVANTES ELENA PONIATOWSKA “HASTA NO VERTE JESÚS MÍO¡

Con motivo de la reciente entrega del Premio Cervantes sorteamos entre nuestros clientes “Hasta no verte Jesús mío” de la recientemente galardonada Elena Poniatowska publicado por Alianza Editorial.

Portada

PARA PARTICIPAR:
– Envíanos un correo electrónico a la siguiente dirección: info@babellibros.com , indicándonos en el asunto: Sorteo Premio Cervantes Elena Poniatowska y tu número de tarjeta de cliente.
– Dinos los tres premios Cervantes que más te hayan gustado y algún libro suyo.
– Si no tienes tarjeta de cliente puedes solicitarla a través de la web o en alguna de nuestras librerías (imprescindible una dirección de envío en España).
– El sorteo se llevará a cabo el día Sábado, 14 de Junio de 2014, aceptaremos correos electrónicos hasta el 12 de Junio… Nos pondremos en contacto con el ganador y lo anunciaremos a través de nuestra web. En el blog pondremos el ranking de los autores favoritos.
– Anímate.

Éstos son nuestros tres autores propuestos y sus obras:

– Juan Carlos Onetti (El Astillero)

– María Zambrano (Filosofía y Poesía)

– Rafael Sánchez Ferlosio. (Vendrán más años malos y nos harán más ciegos).

 

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¿Nuestro Premio favorito? El Cervantes

Portada

 

Hay premios y premios. La inabarcable selva de publicaciones hace que sea muy difícil estar al día de lo que hay que leerse. Aquellos autores de los que no se habla en los medios, que no han sido premiados, que no han muerto recientemente o que no están recomendados en los ámbitos educativos pasan muy desapercibidos, sean o no buenos. Los premios literarios en el buen sentido son una manera de reconocer a aquellos que están dedicando todo su empeño (algo más que sangre, sudor y lágrimas) a contar historias de la forma más artística posible. En otro sentido los premios caen un poco del lado de la propaganda editorial e incluso política. Por supuesto que siempre los premios se equivocan, el tópico no son todos los que están, ni están todos los que son está lleno de razón. Pero nada más que ver la lista de autores que han sido galardonados con el Cervantes para saber que está por encima de muchas de esas banalidades (María Zambrano, Borges, Delibes, Juan Marsé, etc.). Este Premio además es queridísimo por los autores, escritores que no son amigos del marketing literario han dicho palabras hermosísimas al recibirlo, tiene que ser un verdadero orgullo tener tan cerca el nombre al del genial escritor del Quijote.
Elena Poniatowska es la última ganadora. Su discurso fue emocionante, como emocionante es su literatura. En “Hasta no verte Jesús mío” hace un recorrido por la historia de México a través de un personaje memorable, Jesusa Palancares, dando voz a los que normalmente no la tienen, los pobres. Nos recuerda al méxico extraño, violento y universal de Rulfo. Y también esa prosa tímida y comprometida de “Los gallinazos sin plumas” de Ribeyro. Cuando se leen libros como éste uno vuelve a recuperar la confianza en que la literatura puede cambiar la vida.
Siempre que tengan duda de qué libro leerse y quieran algo realmente artístico y profundo busque entre los libros de los premiados con el Cervantes. Por ejemplo, “Hasta no verte Jesús mío” de esta excelente autora mexicana.

PARTICIPAR EN EL SORTEO PREMIO CERVANTES HASTA NO VERTE JESÚS MÍO

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En la senda de García Márquez

Poco hay que decir que no se haya dicho de Gabriel García Márquez con motivo de su muerte. Si acaso como libreros nos tocaría recomendar qué libros deben leerse por encima de otros, pero la cobertura informativa ha sido tan grande y él tan conocido que tampoco tiene mucho sentido (de todas formas: ¡qué hacéis que no habéis leído todavía Cien años de Soledad¡). Sospechamos y esperamos que sea de los autores que pervivan, de los que sus libros estén perennes en las librerías y sus paisajes y personajes formen parte del imaginario colectivo de muchas generaciones.

Pero a lo que venimos es a descubrirles un heredero con la altura suficiente, alguien que ha tomado su camino con verdadera dignidad (muchos autores se han subido al carro del “realismo mágico” sin merecerlo, aunque no queramos decir nombres… !una empieza por “Isa…” y termina por “…llende”¡). Un joven autor llamado Jorge Galán y una gran novela “La habitación al fondo de la casa” en la que resuenan los ecos del abuelo fundacional (Faulkner), los del padre aventajado (García Márquez) y los de muchos de sus hermanitos. Así empieza este libro:
“Un grito indefinible cortó la noche en dos mitades. Vino de una casa en penumbra. Lo había emitido un hombre sobre una mujer…”

Un buen camino a seguir, un buen caminante.

01. La habitación al fondo de la casa

Comprar La habitación al fondo de la casa

 

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Entrevistamos a Carolina Molina

FOTO DE HERMINIA LUQUE

– Empezaste a escribir desde bien temprano ¿por qué? ¿cuál fue el libro o los libros que te impulsaron a decir que querías escribir?

Sí, empecé a escribir muy pronto aunque empecé a leer muy tarde. Una cosa llevó a la otra. Con casi nueve años tenía dificultades para leer y con mucha fuerza de voluntad me metía en mi cuarto con novelas y las leía en voz alta hasta que conseguí leer con rapidez y de forma fluida. Uno de esos libros que llegó a mis manos fue Mujercitas. El personaje de Jo March me conmovió. Era una mujer luchadora que tenía muy claro que la literatura era parte de su vida. Así fue cómo surgió todo, me contagié por ella.


– Es una duda que tengo y que me gusta plantear a los autores de novela histórica que voy conociendo ¿qué fue antes,  el gusto por la Historia o por la novela?

En mi caso fue antes la pasión por escribir. Llevo escribiendo (seriamente) desde los dieciocho años pero hasta el año 2000 no me planteé escribir novela histórica. Antes me había dedicado a muchos géneros: teatro, novela, cuento, periodismo…La historia siempre me gustó, el arte, la arqueología…son disciplinas que me atraen y que también se reflejan en mis novelas.

– La definición del género de novela histórica siempre ha creado cierta controversia entre los autores (nosotros somos conscientes que ponemos en una misma estantería novelas más rigurosas con la Historia junto a otras más cercanas a la acción con trasfondo histórico  por así decirlo) ¿nos puedes dar tu propia definición de novela histórica?

La novela histórica es un género literario basado fundamentalmente en la recreación histórica, nos retrotrae a un pasado puntual del que rescatamos una trama imaginaria y puramente literaria basándonos en puntos esenciales: un momento real en un entorno real ambientando ese momento lo más detalladamente posible con arreglo a la vida cotidiana (costumbres, lenguaje…). De ahí que la novela histórica cuenta con un requisito incuestionable que la diferencia del resto de géneros literarios, que es la documentación previa.      

– ¿Cuál es tu proyecto de novela histórica?

Te responderé entendiendo que es una pregunta en términos generales. La novela histórica, como género, tiene que tener para mí una fusión equilibrada de literatura (creación) e historia (recreación). Debe recrear una época lo mejor posible en todos sus ámbitos haciéndolo con un estilo y una forma puramente literaria. Y esto quiere decir que la trama puede tener gran diversidad, una novela histórica puede tener un eje central policíaco, de aventuras, amoroso, incluso hasta cómico.

– ¿Cuáles crees que son las madres del género, los libros que consideras ineludibles? (yo, como en el «Un, dos tres» ya te lanzo uno «Yo Claudio» de Robert Graves)
 

Hay unos cuantos imprescindibles. Diré los que más me han marcado a nivel personal: La novelística de Pérez Galdós (amplísima y ejemplo de todo lo bueno que debemos copiar los escritores), Sinuhe el egipcio (Mika Waltari), La edad de la inocencia (Edith Warthon), León el africano (Amin Maalouf), El viaje de la reina (Ángeles de Irisarri)…son solo ejemplos pero hay muchas más.


– Nos podrías decir,  por ejemplo,  cinco libros que te han marcado profundamente.

Continúo con la lista anterior aunque incluyo los que no son históricos: El Quijote, La Regenta, El señor de los anillos, Momo, El viaje de la reina y La casa de Bernarda Alba.

– Desde aquí ¿qué le dirías a alguien que no lee? ¿qué es lo que se pierde?

Leyendo se vive, es más, se viven varias vidas. ¿Eres capaz de negarte a vivir?

– Algunas veces hay clientes preocupados porque sus hijos adquieran hábitos de lectura ¿cómo te picó  ése gusanillo? ¿Tienes alguna fórmula para fomentar la lectura a quienes te rodean? ¿qué lecturas recomendarías a la infancia?

La mejor manera de animar a leer a un niño es predicando con el ejemplo. Es esencial que vean que la lectura es divertida. Hay mucha literatura para niños y cada padre o madre debe saber elegir según los gustos pero a mí me gusta mucho regalar los clásicos de aventuras: Los tres mosqueteros, La Isla del Tesoro…creo que con esos libros (adaptados a su edad) nunca fracasas.



– Eres ya una autora conocida por muchos lectores de Granada y tus libros han entrado en ese pequeño grupo de títulos que los libreros granadinos ofrecemos cuando alguien quiere leer o regalar una novela que transcurra en la ciudad, aparte de al  lector clásico de novela histórica ¿De dónde surge ese amor que tienes por la ciudad para defenderla como hacen tus personajes? porque no eres granadina…
  

Soy de ese grupo de granadinos nacidos fuera de Granada…hay unos cuantos. Lo mío con esta ciudad es de flechazo, de enamoramiento. Ya va para veinte años y cada día me siento más granadina. Federico García Lorca tuvo la culpa, luego la Alhambra hizo el resto. Es cierto que tiene embrujo.   

– En varias de tus novelas  se denuncia la insensatez de muchos de los granadinos del Siglo XIX con respecto a su patrimonio. Para que nos hagamos una idea ¿qué nos hemos perdido por culpa de aquella insensatez? ¿qué sitios viviremos en tus novelas que ya no podremos vivir en la realidad?

Imaginemos que nuestra ciudad se hubiera conservado con sentido artístico y arqueológico, vamos, con sentido común. Pues viviríamos en la ciudad más bonita del mundo. Una ciudad con una gran muralla a la que entraríamos por sus muchas puertas árabes, como la de Bib-Rambla, salpicada de baños (hammanes), iglesias de torres altísimas como la de San Gil, con multitud de palacetes y casas que en otros tiempos fueron de escultores famosos como la de Alonso Cano o de escritores. Tendríamos un río pintoresco atravesando la ciudad que podríamos cruzar con sus puentes árabes y en lo alto del Albayzin aún conservaríamos parte de una basílica romana…Se destruyó mucho en el s. XIX pero también antes y después.

– ¿Cómo ves ahora esa gestión del patrimonio? Y no sólo me refiero a la gestión política, sino  a la conciencia colectiva ¿Seguiría haciendo falta un Max Cid?
No es por hacerme promoción pero a Max Cid habría que institucionalizarlo. Debería haber un ciudadano, como el Defensor del Pueblo, que defendiera monumentos. En la actualidad se sigue obviando, ignorando el patrimonio y nuestro pasado. Llevamos cuatro años sin Museo Arqueológico en una ciudad que tiene un pasado legendario. Las redes sociales a través de plataformas, como ArqueológicoYa, están luchando como lo haría el propio Max, pero les queda la ayuda administrativa. Luego está el desprecio que  tiene el español, y más el granadino, por todo lo que es suyo. Es algo incomprensible. Seguimos sufriendo las pintadas de esos
kamikaces artísticos que confunden la libertad y el arte con la barbarie y la ordinariez. Todo se resume a lo mismo: las cosas de España. Sin embargo quiero añadir un comentario optimista, ayer mismo visité el nuevo MAN, Museo Arqueológico Nacional y tengo que decir que por fin han hecho algo que merece la pena. Ahora tenemos un Museo en España que está a la altura de los europeos…quizás no se haya hecho a gusto de todos, pero es un ejemplo que deberíamos seguir en Granada.


– Hablanos un poquito de ése fantástico personaje.

¿De Max? Pues tiene un poco de mí y también de lo que nunca tendré. Yo me le imagino como a un hombre apuesto, rebelde, algo patoso en temas amorosos, pero con un corazón enorme. Y sobre todo quiere a su ciudad hasta el punto de dar su vida por ella. Ya no hay personas que hagan eso por una ciudad si no es en estado de guerra. Pero Max lo hace en época de paz.

– Una curiosidad ¿sabes de alguna librería de la Granada de Los Guardianes de la Alhambra?
No, en esa época no existían librerías en Granada. Sí bibliotecas particulares muy interesantes pertenecientes a personas de alto nivel adquisitivo. Date cuenta que había un ochenta por ciento de analfabetismo. Los libros eran un privilegio a los que no todos podían acceder.

– Tu  penúltima novela está ambientada en la Granada romana, Iliberris. Me parece magnífica la idea de escribir sobre esta época porque realmente había un vacío de títulos ¿Qué queda de aquella Granada romana? Introdúcenos un poco en aquella otra ciudad ahora tan lejana en nuestra imaginación.

Del Municipium Florentinum Iliberritanum no queda prácticamente nada a la vista. Bajo las casas del Albayzin aún hay restos considerables como la casa de la Calle o callejón de los Negros o en el Carmen de la Concepción (antiguo Huerto de Lopera) pero hoy por hoy es imposible destaparlo. Los restos más destacados: cipos, inscripciones, piezas relacionadas con la vida cotidiana…se encuentran en el Museo Arqueológico. Si pudiéramos levantar las zonas del Albayzín, calle María la Miel, el Aljibe del Rey, la plaza de San Miguel bajo…encontraríamos el foro de Iliberri, sus aledaños y zonas más destacadas. Pero, como es lógico, la historia va superponiendo capaz de culturas y sería ilógico destacar la más baja a costa de la más alta. Por fortuna poco a poco se están encontrando villaes interesantes, como la de Los Mondragones que si se cuidan aportarán información de gran valor.



– ¿qué papel jugaba la Granada romana en el Imperio?

Florentia Iliberritana fue un municipio amigo de Roma, con cierta importancia, que tuvo el privilegio de acuñar moneda. De ella salieron decuriones de diferentes familias. Fue próspera en el comercio del aceite y en la explotación minera.

– ¿Qué cuestiones relevantes para el mundo romano salieron de aquella Iliberris?

Lo más destacado a nivel mundial que salió de Iliberri fue la celebración en su territorio del primer concilio cristiano, conocido como Concilio de Elvira. Siglo IV. Aquí se sentaron las bases del mundo cristiano que empezaba a desbancar a la cultura romana.



– Hablanos de su reciente novela «El falsificador de la Alcazaba», el «autor» es uno de sus personajes ¿no es cierto? ¿va también sobre Iliberris?

El falsificador de la alcazaba es un librito escrito a modo de guiño por Max Cid. Nos cuenta la historia de Juan de Flores y las falsificaciones del s. XVIII. Flores, el descubridor del foro de Iliberri, presionado por personas influyentes de su sociedad, decidió magnificar los descubrimientos de la Granada romana para darse importancia. Las falsificaciones se le fueron de las manos y finalmente fue delatado y detenido, sufriendo un juicio sin precedentes en la ciudad. Es un caso poco conocido de la historia de Granada que dice mucho de la mentalidad y carácter español.

– Los libreros sabemos muy bien qué tipos de lectores existen, a quién le puede interesar un libro y quién lo detestaría. Díganos ¿a quién le recomendarías tus propios libros y por qué?
Lógicamente los recomendaría primero a los granadinos porque todos mis libros tratan temas relacionados con la historia de Granada. Intento que sean historias poco conocidas, originales e interesantes. Pero una novela histórica, independientemente de en dónde se desarrolle, debe ser atractiva y despertar interés en cualquier parte del mundo. Lo que ocurre a  nuestros vecinos, a los demás, es reflejo de lo que puede pasarnos a nosotros. Dicen por ahí que conociendo nuestro pasado entendemos nuestro presente. Eso es lo que nos enseña la novela histórica, de cualquier lugar y muy por encima de lo que los editores llaman los localismos. Nada es localista si está bien escrito. Así que también se las recomiendo a cualquier persona que tenga curiosidad y ganas de aprender.

– ¿Has pensado hacer una novela en la Granada actual?  ¿cuáles serían las señas de identidad de nuestra época?

No lo he pensado pero tampoco lo he descartado. De hecho tengo escritas  novelas que transcurren en la actualidad pero no les veo salida comercial. Nuestra sociedad no ha cambiado tanto en relación a las que se reflejan en la novela histórica del XVIII o del XIX. La vanidad, los celos, el amor o el odio, son actitudes humanas que trasciende al tiempo. A fin de cuentas de eso tratan todas las novelas, sean históricas o no.

– Hablando un poco en general de la literatura ¿Qué tiene que tener como mínimo un buen libro?

Una buena historia contada con buenas palabras. Es importante tanto el contenido como el continente.  

– ¿qué busca en su escritura, a dónde quiere llegar?
Busco superarme personalmente, hacer cosas que me exijan esfuerzo. Pero también me gustaría utilizar la literatura no solo para un bien propio sino para conseguir llamar la atención sobre cosas importantes, creo que la función de la literatura es muy amplia. Es una herramienta cultural de la que podemos y debemos aprovecharnos.   


– En la librería tenemos una pequeña sección dedicada al Taller de Escritura donde hay varios libros  realmente interesantes en los que  se acumulan un sinfín de recetas de escritura. En otros países, como por ejemplo EEUU la formación del escritor es incluso universitaria. Aquí en España parece que el escritor no se hace sino que nace y todos sabemos que eso no es verdad, que hay mucho de formación en la escritura ¿Cómo te formaste  como escritora?

Pues primero naciendo, aunque los talleres literarios son interesantes para adquirir ciertas técnicas, lo primero es tener vocación, saber que quieres dedicarte a una profesión tan complicada como esta. No todo el mundo sirve para escribir de la misma manera que no todos servimos para ser deportistas, participes o no en talleres o cursos. En mi caso, que procedo de la vieja escuela, no fui a talleres, estudié literatura, leí mucho y sobre todo observé a los maestros. Todavía sigo haciéndolo. No creo que se deje de aprender, eso nos recarga las pilas. Si en una profesión lo sabes todo ¿qué es lo que te queda, entonces, por hacer?


– Por último, una cuestión indispensable ¿cuáles son tus  próximos proyectos literarios?

Tengo muchos proyectos pero algunos están limitados no solo por mi situación personal o el tiempo, sino por los coletazos de la crisis. Tengo intención de desarrollar tres novelas históricas en un tiempo no muy lejano. La más asequible ya está perfeccionándose y me documento sobre ella en estos días. Con suerte pueda comenzarla a escribirla en el verano. La continuación de La Saga de los Cid, que se titulará Crónicas del olvido, está llamando a las puertas de las editoriales. Ojalá que podamos verla publicada pronto. Fuera de esto estoy inmersa en la organización y coordinación de las Jornadas de Novela Histórica de Granada, junto a Blas Malo y Mario Villén. Y a ratos me dedico a corregir y organizar algunos cuentos, quizás para una publicación conjunta.

Biografía:

Carolina Molina (Madrid, 1963) es periodista y autora de novela histórica. Ha trabajado varios géneros literarios. Tras licenciarse en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, se dedicará al teatro inspirada por la obra de Federico García Lorca. Siendo muy joven publica dos libros de cuentos (Cuentos para la hora del té y Cuentos de la mañana). Como periodista colabora en la revista de cine y video Film Reporter de Madrid y en el Boletín de Educación de la editorial Anaya. En 1995 comienza su relación con la ciudad de Granada con la publicación de la novela La luna sobre La Sabika (Entrelíneas Editores. Madrid 2003; Zumaya, Granada 2010) con la que crea un género inexistente dentro de la novela histórica: la novela histórica didáctica. En 2006 publica con Roca EditorialSueños del Albayzin a la que le seguirán Guardianes de la Alhambra y Noches en Bib-Rambla. Ha colaborado en la revista El Legado Andalusí, una sociedad mediterránea y EntreRíos. Su línea de investigación como periodista y documentalista se centra en la Granada romana (Iliberri), además de los cambios experimentados en el patrimonio artístico granadino durante el siglo XIX. Ha conferenciado sobre la cultura andalusí en bibliotecas españolas y fue invitada por el Instituto Cervantes de Utrecht (Holanda) para hablar del legado de al-Andalus. Colabora activamente con la editorial granadina Zumaya. En el género del relato breve ha coordinado el monográfico “Los que cuentan” de la revista EntreRíos (2011). Durante varios años mantuvo una sección titulada “Erase un cuento” en el periódico digital “El Heraldo del Henares” promocionando tanto a autores noveles como de reconocido prestigio. Su última aportación al género del cuento la ha tenido con la antología solidaria Cuentos engranados, que ha coordinado junto a Jesús Cano para la editorial Transbooks reuniendo a más de cincuenta autores granadinos y nacionales.

En 2013 sale a la luz su novela Iliberri, como proyecto turístico. En este mismo año publica El falsificador de la alcazaba en versión digital (Transbooks) y en 2014 en papel con la Editorial Nazarí, sobre un hecho sin precedentes en la historia de la arqueología granadina.

Desde marzo de 2013 coordina las Jornadas de Novela Histórica de Granada dirigidas e inspiradas por el también novelista Blas Malo. En la primera convocatoria colaboró junto a Ana Morilla y desde el presente año las coordina junto a Mario Villén. Estos tres escritores, Malo, Villén y Molina, son actualmente los componentes de la Asociación Jornadas de Novela Histórica de Granada que promueve la novela histórica y el pasado histórico de esta ciudad y su entorno. Mantienen activo un blog en donde publican entrevistas a autores de ámbito nacional: http://jornadasdenovelahistoricaengranada.blogspot.com.es/

Las Jornadas de Novela Histórica tienen una periodicidad anual y ya han cumplido dos convocatorias con gran éxito de asistencia.

Carolina Molina, en la actualidad, espera la publicación de Crónicas del olvido, la continuación de la Saga de los Cid y prepara una nueva novela con temática y tiempo histórico diferente a las anteriores. También se centra en la recopilación de sus cuentos, escritos durante largos años y que ahora pretende ofrecer a sus lectores.

Para más información: http://carolinamolina.blogspot.com

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(Fotografía de Herminia Luque

Entrevista realizada por Francisco Dorado Cuenca)

 

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